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Categoría: Devocional
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15/04/2015

 

“Yo he venido para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia”. (Juan 10:10b)

PASAJE COMPLEMENTARIO: Juan 15:5, 1 Timoteo 6:17

Esta es una de las declaraciones más revolucionarias y transformadoras que el hombre haya podido escuchar jamás, y que encierra todo el amor con que el Padre nos ama. Es el compromiso que Él asumió al crearnos, de hacernos felices, y darnos en Jesucristo, su Hijo, la única posibilidad de serlo, pues sólo su muerte en la cruz quitaría el eterno obstáculo del pecado, causante de toda la tristeza y dolor de la humanidad.

Para entender que Jesús es la vida; la única, verdadera, completa y feliz vida, y de esta forma estar dispuestos a recibirla, debemos primero comprender cuál era nuestra realidad sin Cristo y qué concepto que teníamos de vida.

Dios no diseñó al hombre para vivir en sus propias fuerzas, separado de Él, sino para que dependiera de Él y pudiera mostrar su gloria al mundo. Sería como una hermosa lámpara alumbrando un recinto oscuro, que, mientras está conectada a la fuente de la electricidad puede cumplir perfectamente con el propósito para el cual fue diseñada. Pero si se desconecta, aun cuando su mecanismo interior es perfecto, ya no puede funcionar, y pierde así el sentido de su existencia. Así quedó el hombre cuando por desconocer la voluntad de su Creador, decidió desobedecer su instrucción. Se abocó entonces a la muerte. Aunque siguió hablando, caminando y respirando, ya no alumbraba. Él creyó que tenía vida, pero no era así. Había perdido la verdadera vida, que imprimía la luz de Dios en él. Por eso, a partir de entonces, el hombre quedó separado del amor de Dios, de su perfección, de su pureza, de su santidad. Ya nunca más pudo volver a ser feliz.

Es por todo lo anterior, que el mensaje del Señor Jesús es trascendente y definitivo. Él es la vida, y sólo pueden tenerla, aquellos que creen en Él, recuperando así su luz, su felicidad y su sentido para vivir. A Nicodemo también le quedó clara esta verdad, cuando Jesús dijo: ¡Tienes que nacer de nuevo! Le hablaba de un nacimiento espiritual, de adquirir una vida que no tenía hasta ese momento, aunque era maestro de la ley. Una vida abundante, una vida eterna que sólo recibimos por fe, cuando dejamos que Cristo entre a nuestro corazón (Juan 3:14-15).

HABLEMOS CON DIOS

“Señor Jesucristo, hoy comprendo que este ofrecimiento es para mí. Hoy te reconozco como el Mesías, el Salvador del mundo. Reconozco que Tú moriste en la cruz por mis pecados. Ven a mi corazón, para que tenga la vida abundante y feliz, con sentido y realización, que sólo Tú me puedes dar. Gracias, mi Señor”

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