Domingo 02 de noviembre de 2014.

“Llegaron los días en que David había de morir, y ordenó a Salomón su hijo diciendo: yo sigo el camino de todos en la tierra; esfuérzate, y sé hombre. Guarda los preceptos de Jehová tu Dios, andando en sus caminos, y observando sus estatutos y mandamientos, sus decretos y sus testimonios, de la manera que está escrito en la ley de Moisés, para que prosperes en todo lo que hagas y en todo aquello que emprendas” (1 Reyes 2:1-3)

PASAJE COMPLEMENTARIO: Proverbios 3; Deuteronomio 10:12

Muchos se esfuerzan toda la vida por dejarles lo mejor a sus hijos, para que no sufran, para que no pasen necesidades. Se concentran en dejarles gruesas sumas de dinero o vastas riquezas, pero la mayoría no se preocupa de la misma forma y con la misma intensidad por dejarles la mejor de todas las herencias: la sabiduría que proviene de Dios.

El rey Salomón debió sentirse muy agradecido con Dios por haberle dado un padre cuyo consejo final escondía el más grande secreto para alcanzar todo lo que un ser humano pudiera desear: Le enseñó a buscar a Dios, a amarlo con todo su corazón, a seguir sus instrucciones, a obedecer sus mandamientos. Entonces, lo tuvo todo: fama, riquezas, dinero, aprecio, poder, etc.

Efectivamente, mientras Salomón mantuvo como su más grande e importante prioridad no apartarse de Dios, y convertir la búsqueda de Dios en su gran motivación cada día, encontró en Él su protección, su victoria, su consuelo, su dirección y su amor incondicional, y pudo cumplir con la difícil tarea de guiar a su pueblo Israel y de llevarlo a una época de paz y de prosperidad inigualables. Es por eso que Salomón, más que nadie reconoce en sus múltiples escritos de sabios proverbios éste, como el más grande consejo que él puede dar a todos los padres que anhelan cumplir fielmente con su tarea, que sueñan con darles lo mejor a sus hijos y que estos sean felices:

-Asegurarse de que la verdad de Dios y sus mandamientos justos estén escritos en el corazón de sus hijos, para que los guarden siempre y entonces, vivan largos días llenos de paz, de gracia y de misericordia

-Enseñarles a confiar en Dios antes que en sí mismos, siendo humildes para dejarse guiar y corregir por el Señor, y apartándose del mal, para ser así libres de grandes dolores y aflicciones

-Honrar a Dios con su vida, con su trabajo y con sus bienes. Así su trabajo será prosperado, y tendrán abundancia en todo.

La pregunta que debemos formularnos es: ¿Es este también nuestro propio estilo de vida? ¿Estamos acudiendo a Dios para que Él nos forme y guíe nuestros caminos?

HABLEMOS CON DIOS:

“Padre bueno, te alabo y te bendigo por tus mandamientos, hoy entiendo que son una manifestación de tu amor a mi vida. Te suplico que me enseñes a guardarlos, sé que si anhelo prosperar tengo que decidir buscarte intensamente y agradarte con mi obediencia. No existirá una mejor herencia que pueda dejar a mis hijos. Amén.

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BIBLIOGRAFÍA: Llamado a la confianza / Lolita Cruz de Chamorro. -- Bogotá: Fundación Editorial Publimundo. -- página 352

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