Santiago, martes 17 de febrero de 2015

“Torre fuerte es el nombre de Jehová; a él correrá el justo, y será levantado.” (Proverbios 18:10)

PASAJE COMPLEMENTARIO: Juan 8:31-36; Romanos 6:1-14

En las fortificaciones de las ciudades antiguas eran incluidas torres flanqueando sus puertas. En ellas se situaban centinelas que vigilaban día y noche, y además, artillería de guerra. Era el lugar donde se podían lanzar proyectiles con facilidad para repeler al enemigo. Qué extraordinaria similitud usada por el autor del libro de Proverbios, para referirse a lo que representa Papá Dios para quienes hemos hecho de Él nuestro verdadero refugio: Una torre fuerte, alta, sólida, inconmovible, que permanece para siempre, que nada ni nadie puede derribar.

¿Quién no quisiera experimentar tal seguridad, en un mundo lleno de peligros y adversidades? Pero la Palabra de Dios es muy clara cuando advierte, que es el hombre justo el que corre a ella y es levantado. La pregunta es: ¿Quién es un hombre justo según Dios? No lo es aquel que se considera justo a sí mismo, según su propia opinión y criterio. El hombre verdaderamente justo es el que ha sido justificado por la gracia del Señor Jesucristo mediante su redención, quedando libre de la esclavitud del pecado y siendo libre para hacer la voluntad de Dios y agradarle en todo.

El justo es aquel que ha sido transformado en un nuevo hombre, hecho partícipe de la naturaleza divina, que cuenta ahora con el maravilloso recurso del Espíritu Santo quien moldea en su vida el carácter de Cristo. Esto sucede en la medida en que desarrollamos una vida de fe y de obediencia a la Palabra de Dios.

La más grande seguridad de estar en los brazos de nuestro padre Dios, es haber entregado nuestro corazón para que lo transforme y lo haga justo, haber aceptado y creído sus verdades que nos hacen libres, haber creído a su amor que nos santifica y perdona. Hoy, usted también puede refugiarse en Dios como torre fuerte para estar firme y fuerte ante las circunstancias de la vida. ¡No se detenga, corra a Él!

HABLEMOS CON DIOS

“Señor, gracias por el maravilloso regalo de la salvación que me diste al recibir a Jesucristo en mi corazón y gracias por hacerme justo delante de ti por la fe. Ahora puedo hacer tu voluntad y disfrutar de esta manera, de tu perfecto cuidado, pues te conviertes en mi escudo, mi fortaleza, mi alto refugio, mi libertador. Entrego hoy mis temores y mis dudas, y me dispongo a disfrutar de la extraordinaria seguridad que tú me brindas”

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